Pues nada más y nada menos que… ¡comer normal! Ahí se acabó el misterio. Yo le habría puesto otro nombre porque es cierto que este, aunque responde a la verdad – la dieta antinflamatoria busca evitar la inflamación-, eleva a aparentemente complejo lo que, en realidad, es muy simple: la dieta antinflamatoria consiste en comer alimentos naturales, que son los que reconoce el cuerpo.
La cuestión es que, eso que parece tan sencillo, comer normal, pues hoy en día no lo es. Porque, antes de que entrara la industria en juego, los planes de la naturaleza para nosotros eran esos, comer aquello que nos daba ella: fruta, verdura, carne, pescado y, unos siglos después, huevos, lácteos, cereales y legumbres. Chimpún. Y así ha estado alimentándose el ser humano durante generaciones, hasta que hace 50-100 años apareció la industria que descubrió que si a los alimentos se les quitaban unas cosas y se les ponían otras podían durar más tiempo y estar más sabrosos. O que, incluso, algunos los podían fabricar artificialmente y producirlos en grandes cantidades para que salieran más baratos. Y ahí es cuando se fastidiaron los planes de la naturaleza… y los nuestros. Aparecían los ultraprocesados y, con ellos, la inflamación.
Porque los productos ultraprocesados, que están deliciosísimos y producen un placer incomparable cuando los comes, al cuerpo le resultan extraños. No los reconoce ¿Y qué suele suceder cuando en un sitio aparece un extraño, al que nadie ha invitado? Pues que saltan las alarmas y toca ponerse a la defensiva. Y eso es, justo, lo que hace el cuerpo. Ponerse en tensión y preparar al ejército para echar a ese elemento que no es bienvenido (de ahí los dolores de barriga, la acidez, la pesadez, la falta de energía…). Porque el sistema inmune está preparado para levantarse en armas cuando entra un elemento extraño, véase un virus o una bacteria, salir a luchar contra él, cargárselo y retirarse a los cuarteles.
Eso es lo que responde a una “inflamación aguda” y es un proceso que nos salva la vida, porque si nuestro ejército no reaccionara cuando nos damos un golpe o nos hacemos una herida, básicamente, moriríamos. El problema llega cuando tenemos a ese ejército todo el día en pie de guerra porque amanecemos tomando una taza de leche con cacao y cereales, tomamos unos picos con cualquier cosa a media mañana, comemos unos macarrones rápidos y nos tomamos una caña con los amigos antes de cenar. Y, claro, ahí el sistema inmune no tiene descanso. Cada vez que intenta retirarse, le echamos otro elemento extraño y otra vez a batallar.
Que no son batallas letales, como pueden ser las que libran contra los patógenos, pero el caso es que les hacemos actuar y no pueden completar la retirada nunca (lo que llamamos “inflamación crónica de bajo grado”). Y, claro, todo el día ahí, en esa medio batalla constante, funde a los soldados. Por eso nos sentimos cansados, nos ponemos malos con más frecuencia y los sistemas del cuerpo van funcionando cada día peor hasta que empiezan a salir valores alterados en los análisis o, directamente, aparece una patología más seria. Hoy en día, el 80% de las enfermedades, leves o graves, tienen que ver con los malos hábitos. El primero y principal: la mala alimentación (y la falta de ejercicio). Porque si no metemos buena gasolina en el cuerpo, nuestras células no pueden hacer bien sus trabajos. Y si las células no tienen la comida que necesitan o hacen mal su trabajo, o la buscan en otro sitio (y tienes carencias) o empiezan a mutar para intentar sobrevivir con lo que les das.
