Durante mucho tiempo, los alimentos más demonizados, los que apartábamos de nuestra vista en cuanto queríamos “cuidarnos”, eran las grasas (todas, sin distinción) y los hidratos de carbono (el pan, la pasta…). Pero, amig@s, la ciencia ha demostrado que el mayor enemigo de nuestros cuerpitos es el azúcar. Y no hablamos solo del azúcar que está en la bollería, las chucherías o los helados. Es que el azúcar está ya escondido en casi cualquier cosa. ¿Una pizza? Tiene azúcar (unos macarrones? También tienen azúcar ¿Unos gusanitos? Tienen azúcar ¿unos pepinillos en vinagre? ¡¡¡Pues también tienen azúcar!!! Y resulta que el azúcar daña todos los sistemas del cuerpo. Si lo tomas puntualmente, no, pero si está muy presente en tu día a día sí. Y te explico por qué. 

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Cuando tú tomas azúcar, ese azúcar entra directo al torrente sanguíneo. Como el cuerpo el cerebro sabe que el azúcar es una sustancia tóxica para él, lo que hace es darle una orden al páncreas para que libere insulina, que es la encargada de sacar el excedente de azúcar de la sangre a todo correr para “esconderla” en las tres despensas que tiene el cuerpo: los músculos, el hígado y los adipocitos. En los músculos y en el hígado cabe una cantidad muy limitada, porque es verdad que ellos necesitan algo de glucosa para funcionar, pero no una cantidad excesiva. Además, tienen la capacidad de transformarla en glucógeno, que es como si almacenaran el azúcar en un formato que ya no es dañino y al que, además, puede recurrir el cuerpo si en algún momento va justo de glucosa. ¿Y qué ocurre con todo el exceso de azúcar que no va a esos dos armarios? Pues que se va a los adipocitos, cuya única misión es esa: hacer de almacén del azúcar sobrante. Problema: que para que ese azúcar pueda almacenarse ahí, lo que hace el cuerpo es transformarlo en grasa. Dicho de otro modo, lo que más te engorda no son las grasas, sino el azúcar. Porque, encima, a diferencia de los músculos y el hígado, que tienen un hueco muy limitado para el azúcar, los adipocitos tienen capacidad “infinita”. Pueden guardar azúcar/grasa por los siglos de los siglos. Pero, claro, eso implica que tú vayas aumentando de volumen, especialmente en toda la zona de la cintura.

Pero es que, además, como la insulina saca a todo correr el azúcar de la sangre, lo que sucede en ese momento es que a ti te entra una hipoglucemia (un bajoncillo de azúcar) y el cuerpo te vuelve a pedir un “chute” de azúcar para remontar, y te lo pide muy insistentemente, así que, casi siempre, vuelves a caer. Y se desencadena de nuevo todo el proceso. Y son esos picos de azúcar y, con ellos, de insulina, los que van haciendo mella en el cuerpo. De primeras, porque, ese enganche al azúcar se traduce en que tengas más ansiedad, más irritabilidad, mayor desconcentración… Pero es que, además, esa presencia constante en el cuerpo va dañando todos los sistemas hasta acabar provocando enfermedades mucho más serias como la Diabetes Mellitus tipo II (la que no es genética), el Alzheimer (a la que muchos ya llaman Diabetes tipo III) o el cáncer (porque las células tumorales se alimentan de azúcar).

Por eso, lo mejor es mantener el azúcar lejos. Pero no lo vas a tener fácil, ya te aviso, porque la industria es muy lista y ha colado el azúcar en todas partes. Alteran o fabrican los alimentos acompañándolos de azúcar porque saben que estarán mucho más ricos y que tu cuerpo, por lo que te acabo de explicar, se va a enganchar ¡Y qué hay mejor que un cliente enganchado a tu producto! 

Así que lo que veas claramente que tiene azúcar, déjalo para momentos puntuales. Y en las cosas que aparentemente no tienen azúcar, quitando la comida natural, gira el bote o la bolsa y mira en los ingredientes. Y donde pone “Hidratos de Carbono” verás que hay un subapartado que dice “de los cuales azúcares” y ahí te pone los gramos. Y, para que te hagas una idea, la OMS recomienda no ingerir más de 15 gr de este tipo de azúcar al día. Y recuerda: el azúcar no es solo lo dulce. Las harinas y cereales refinados también llevan bastante carga glucémica.

Y cuidado con los edulcorantes, que son otra trampa, porque es verdad que muchos no engordan, pero la mayoría provocan en el cuerpo la misma reacción que el azúcar (el pico de insulina del que hablaba antes) y, además, despistan al cuerpo, porque detecta algo dulce, espera que le lleguen unas calorías proporcionales a ese dulzor y resulta que no entran. Y, claro, el cuerpo te las pide, con lo que después de tomar algo con edulcorantes sienten más ansiedad por lo dulce. Y es que, además, los edulcorantes endulzan más que el azúcar con lo que acostumbran al paladar a mayor dulzor.

Conclusión: si te apetece un helado, vete a la mejor heladería, pídete uno grande y disfrútalo. Si te apetece una pasta blanca: vete a un italiano rico, pide la que más te guste y disfrútala. Pero, para el día a día, opta por comida natural, combínala de forma rica y variada, y anda al loro con las etiquetas para que no te la líen.